Transparencia. Una (o muchas) obviedades

Lo que voy a escribir aquí son obviedades para los profesionales de la Comunicación. Pero lo cierto es que en multitud de ocasiones parecen tabú para los grandes empresarios, los políticos o los responsables de instituciones y organizaciones. Y lo cierto es que ellos son los primeros que deberían aplicarse el cuento. Me refiero a la manida transparencia, tan manida que a los políticos les parece que debe otorgar título a una Ley.

Y digo que voy a escribir obviedades porque no puedo ocultar que a mí me parecen tales. Y, sin embargo, veo a diario que no se entienden, seguramente porque los primeros ejecutivos de empresas, organizaciones e instituciones no están dispuestos a entender la transparencia y creen, erróneamente, que la mejor manera de protegerse es construir a su alrededor un muro de opacidad que les libre (o eso creen ellos) de las críticas.

¿Para qué la transparencia? La transparencia es una actitud, una forma de entender la relación de una organización con su entorno más inmediato, con sus grupos de interés. Cuando se ejerce, es cierto que uno puede tener la sensación de estar desprotegido, ‘desnudo’. Sin embargo, no es así. En primer lugar, porque nadie práctica, al menos en política o en el mundo empresarial o institucional, el desnudo integral. Y todos, ciudadanos, prescriptores, periodistas,…. entienden que así debe ser y que forma parte de las reglas del juego.

Sin embargo, lo que todos critican (criticamos) es la opacidad, la construcción de ese muro de hormigón en torno a un hecho o una figura. En primer lugar, porque somos ciudadanos de una sociedad desarrollada que reclama y exige información. Y, en segundo término, porque el que construye ese muro adquiere ante nosotros una imagen de sujeto que tiene mucho que ocultar y que inspira, en consecuencia, poca o ninguna confianza.

Y vuelvo al principio: ¿Para qué vale la transparencia? Y retomo las obviedades, hasta el punto de querer resumir tanto que me reitero en ellas. Independientemente del público objetivo o de los grupos de interés de cada organización, la transparencia redunda en la generación de una corriente de confianza hacia esa organización, que, a su vez, se traduce en un fenómeno que todos conocemos: la simpatía. O, dicho de otro modo, una actitud transparente, una comunicación activa y sincera se traduce en una mejora de la reputación de una organización.

¿Y qué sucede cuando se mejora la reputación de una organización, cuando una institución, una empresa, un político consigue generar simpatías? Pues, ya que hablamos de obviedades, sucede lo obvio (valga la redundancia): se produce una atracción positiva de cada grupo de interés hacia lo que esa organización o esa persona nos está comunicando, una atracción que puede derivar en deseos de compra (en el caso de una empresa comercial), mejorar la credibilidad de la empresa ante los inversores (si nuestra empresa, por ejemplo, cotiza en Bolsa) o captar votos (si hablamos de comunicación política).

La transparencia supone asumir un riesgo. Y es que mostrar una actitud abierta y sincera exige valentía. Por eso, muchos personajes y organizaciones optan por blindarse, por construir ese muro de hormigón en torno a ellos, en la creencia de que la opacidad les protege. Es, sin duda, un error, un inmenso error que, tarde o temprano, se paga. Sólo unos pocos han conseguido hacer de la opacidad parte de su éxito y ninguno de ellos, ninguno, realizaba su función en el ámbito de la gestión pública o la política, un ámbito al que se debe presuponer (y exigir) verdad, honradez, responsabilidad…. en definitiva, transparencia.

Nota: este post lo escribí el 2 de abril. El 3 de abril se produce la siguiente imagen, reproducida, con texto adjunto, por el diario El País en su página web. La imagen habla por sí sola y es una respuesta clara, involuntaria, al post. 

CONTRASTES

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2 pensamientos en “Transparencia. Una (o muchas) obviedades

  1. Estoy totalmente de acuerdo. Transparencia es una actitud y genera valores increiblemente positivos como para que las instituciones lo pasen por alto. No sólo la imagen de Rajoy en esa rueda de prensa surrealista, sino la Casa Real, con la crisis de reputación que está viviendo, tendrían que aplicarse el cuento y hacer un ‘ejercicio de comunicación’ responsable y transparente.
    Un saludo!

    • Gracias, Luna. Personalmente, sigo sin entender que las instituciones, las organizaciones en general, no apuesten por la transparencia, especialmente si son públicas (o sea, de todos).

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